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jueves, agosto 30, 2007

Sobre "Géminis", de Albertina Carri.


El porno me interesa particularmente porque de alguna manera es lo contrario a la iconoclastia: resumen de lo no dicho(o mostrado) en otro tipo de discursos acerca de la sexualidad, ejercicio de mostrar lo obsceno. Esta última palabra significa por definición, lo que está fuera de escena, aquello que no le pertenece. Fuera de odiar y prohibir la imagen la refuerza, crea alrededor del sexo un altar: lo venera y lo convierte en tótem de nuestros tabúes, para decirlo un poco académicamente. En este sentido, Géminis, de Albertina Carri, es un filme porno.
La narración es del estilo más tradicional y lineal, con una cámara que se mueve como un espía: descubre todo el tiempo lo prohibido. Porque si hay algo prohibido en nuestra sociedad, eso es el incesto. Lo más prohibido de todas las cosas prohibidas. Quedamos sujetos de esa regla imperturbable: no cojerás con alguien que sea sangre de tu sangre. ¿Cuándo nos enseña nuestra sociedad todas estas cosas? Parecen venir con nosotros, pero sabemos de sobra, gracias al viejito Claude Levis Strauss, que esta prohibición señala el pasaje o puente entre la naturaleza y la cultura. Claro, hay que tener la idea de familia también, para saber con quién no debo.
Una familia matriarcal, aristócrata, con chacra, yegua, fiestas, rituales de la más alta categoría: casorio en el campo con gente chic, champagne, conocimiento de las constelaciones, etc. Exactamente lo que un día mi amigo a. quiso representar con su maravillosa frase: “revolución o whisky”. Padre silencioso y comprensivo, poco reflexivo, casi un tonto: así lo muestra Carri. Madre de incierta actividad laboral: quizás sea diseñadora gráfica, quizás sea arquitecta o eso que está tan de moda ahora: wedding planner. Mandona, embebida hasta las últimas epidermis de un fanatismo por el orden, el buen gusto, la impostura. ¿Embebida dije? Además borracha empedernida. Tres hijos: el más grande vuelve de España para festejar que se ha casado. La galleguita no entiende nada: está afuera de todas las discusiones, no sabe qué tiene que hacer y para colmo le tiene fobia a los caballos con los que se tiene que sacar fotos. Los hermanos menores, todo el día al pedo, son una de las mejores parejas que ví en el cine. Creo que ambos logran coger con una soltura y una calentura que da envidia. Delante de los demás tienen una extraña relación, son una pareja que se mima y se pelea, pero en el fondo se ama. Y si, se aman y son hermanos, qué le va hacer. Digo esto porque no se pueden sacar las manos de encima: todo el tiempo cojen frenéticamente. Y tanto va el cántaro a la fuente, que los demás se terminan dando cuenta que por algo va. El insomnio es mal compañero de la familia. Una noche, el mayor se levanta a mear y de golpe encuentra todos los indicios de lo que sus hermanitos hacen a toda hora. Se quiere morir el grandecito. Primero le da asco, pero después envidia. Primer indicio de que la familia comienza a desmembrarse: la información circula mal, siempre hay cuestiones que es mejor no saberlas, y si por casualidad son descubiertas, entonces se convierten en tesoros que hay que ocultar. De esas herencias que mejor te las debo. Esa es la sensación que percibí.
Se dice que hay dos gritos famosos, los cuales, paradójicamente, son mudos: El grito de Munch y un fotograma de El acorazado Potemkin, de Eisenstein. Sin llegar a sugerir que pueda integrar este grupo, el grito mudo de la madre de los chicos emite cuando la verdad por fin está ahí plantada, al menos pertenece al grupo de sus homenajes.
La crítica despedazó el filme: argumentó diferentes pelotudeces que son propias del cinefilismo. No me meto ahí, porque de cine no sé nada. Pero cierto es que la película, cuando menos, presenta un pesado tema para pensar. Lo hace a veces indicando un poco groseramente las cosas, pero tiene el mérito de excluir las explicaciones psicológicas o morales y borra los golpes bajos. Es una película que está viva por donde se la mire. Viejo tema el de la circulación de la información sobre la sexualidad en nuestra cultura: “tú sabes dónde encontrar los secretos, allí está la verdad; id ahí a sorprenderla”.