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martes, septiembre 25, 2007

Sobre la circulación de las ideas. (Las memorias de un porrón).


Él está ahí acuclillado. Un chorro de luz que pasa entre la palmera y el tapial le chorrea en la cara. Siente una profunda comodidad en esa postura y mete otra chupada al cigarrillo. Otra. Siempre está en lo otro: así funciona este cigarrillo. Siempre lo otro, y por si acaso lo Mismo se presentara, sería lo otro en lo mismo. Piensa que su comodidad está en el último suspiro de la defecación. Ahora se sabe que ha saltado el tapial, se ha bajado los pantalones y ha empezado, no sin antes prender el cigarrillo, a defecar lentamente. Ha tenido que sostener un poco la verga hacia atrás y hacia abajo, para que el orín no le manche demasiado el pantalón. Ahora ya se está bajando del colectivo y hay un poco de garúa, de lluvia fina y pinchuda. Ahora rememora sobre si cuando llueve es mejor correr o no correr. Hace el mismo ejercicio con la acción defecar. Cree que después de haber cagado todo lo pasado cortará real y efectivamente las amarras objetales con él. Piensa que es mejor no correr en todos los casos. Ahora piensa que tal vez no importa si debe o no correr ahora si llueve, sino que debe definir qué hacer en el caso de mayor afectación: de momento se está cagando. Piensa que debe definir primero eso, y luego, ordenar el plan en función de eso. Nótese que siempre es lo otro, nunca lo mismo. Decide, luego de no más de ocho, tal vez exagero, tal vez no, diez pasos, que sí, o mejor dicho, que no correrá porque eso implicaría un esfuerzo, y aquí el esfuerzo es como la primer plaquita de un dominó puesta, exacta y dadaistamente, en la primera posición de una larga cadena de plaquitas de dominoes dispuestos parados, y a punto de ya se sabe qué cosa. Y vuelta ahora la punta del cigarrillo, este verdadero otro cigarrillo, medidor de la realidad, realidadómetro por excelencia, soplado y resoplado estalla en el rojo de las brazas consumiéndose a todo trapo, encendiendo el rojo desde adentro hacia fuera en un vértigo de pregnancia, de estupor. Se queda un rato mirándolo. Sólo así después podrá saber si esa mierda humana, que podría haber dejado en la lonja de dos por tres metros de pasto, no hubiera quedado mejor en la maceta que tiene el potus emergiendo de la sombra. Pero claro, eso es después, siempre es después y sólo cuando clarea y le abren a uno el almacén; sólo ahí este hombre puede conocer.



FOTO: MARÍA SOL